Silver Alpha Asset Management – Cuando pensamos en riesgo, pensamos casi automáticamente en caídas. Una corrección de los mercados, un repunte de la volatilidad, una recesión inesperada o un shock geopolítico. Son riesgos visibles, fáciles de identificar y, hasta cierto punto, también fáciles de medir.
Pero existe otro tipo de riesgo mucho menos evidente: construir una cartera asumiendo que el futuro se parecerá demasiado al pasado reciente.
Después de varios años en los que determinados mercados, sectores y compañías han concentrado buena parte de las rentabilidades, quizá la pregunta no sea únicamente qué podría provocar la próxima caída. La pregunta más interesante es qué ocurriría si, simplemente, los próximos años fueran diferentes.
El riesgo que vemos y que realmente asumimos
La volatilidad incomoda porque es inmediata. Cuando una cartera cae un 10%, el riesgo parece evidente. Sin embargo, algunas de las mayores vulnerabilidades de una cartera pueden acumularse precisamente cuando todo funciona bien.
Años de rentabilidades elevadas tienden a generar una consecuencia natural: aquello que ha funcionado gana peso. No solo porque se revaloriza, sino porque atrae nuevos flujos y aumenta la confianza de los inversores.
Poco a poco, lo que inicialmente era una posición ganadora puede convertirse en una dependencia.
El problema es que la ausencia de volatilidad no equivale a ausencia de riesgo. Una cartera puede parecer estable y estar, al mismo tiempo, extraordinariamente condicionada por unas pocas variables: una geografía, un sector, una narrativa de crecimiento o incluso un determinado entorno de tipos de interés.
Y esos riesgos son mucho más difíciles de percibir mientras siguen generando rentabilidad.
Invertir mirando por el retrovisor
Existe una tendencia profundamente humana a extrapolar. Cuando un activo lleva años funcionando, encontramos argumentos para explicar por qué seguirá haciéndolo. Cuando una región lidera los mercados durante mucho tiempo, empezamos a considerar ese liderazgo casi estructural.
El problema no está en reconocer qué ha funcionado. Está en asumir que necesariamente seguirá funcionando de la misma manera.
Las carteras terminan así construyéndose, en muchas ocasiones, mirando por el retrovisor: aumentando exposición a los ganadores recientes, reduciendo aquello que ha quedado rezagado y confundiendo rentabilidad pasada con menor riesgo futuro.
Pero los mercados rara vez evolucionan en línea recta.
Los ciclos de inversión cambian. Cambian los tipos de interés, el coste del capital, las políticas fiscales, las ventajas competitivas, las valoraciones y, sobre todo, las expectativas que ya están incorporadas en los precios.
Por eso, una excelente inversión durante los últimos cinco años no tiene por qué ser una mala inversión durante los próximos cinco. Pero tampoco tiene por qué seguir siendo excelente por las mismas razones.
No hace falta predecir una corrección
Este argumento no implica necesariamente adoptar una visión negativa sobre los mercados.
No hace falta anticipar una recesión, una corrección bursátil o el final de ninguna tendencia para reconocer que una cartera excesivamente dependiente de la repetición del pasado incorpora un riesgo.
De hecho, uno de los errores más habituales en inversión consiste precisamente en plantear las decisiones en términos binarios: estar dentro o fuera, creer o no creer en una determinada temática, esperar subidas o anticipar caídas.
La construcción de cartera debería responder a una lógica diferente. La cuestión no es adivinar qué activo liderará el próximo año, sino preguntarse cuántas cosas tienen que seguir saliendo exactamente igual para que nuestra cartera funcione. Si la respuesta es demasiadas, probablemente exista una concentración de riesgo que no aparece a simple vista.
Prepararse para escenarios, no para predicciones
Invertir siempre implica convivir con la incertidumbre. Ningún gestor puede saber con precisión cuál será el próximo dato de inflación, cuándo cambiará el ciclo económico o qué sector liderará el mercado dentro de tres años. Pero una cartera no necesita acertar todas esas predicciones para estar bien construida.
Puede incorporar negocios con motores de crecimiento diferentes, geografías expuestas a ciclos distintos, activos con fuentes de retorno complementarias y estrategias cuyo resultado no dependa exactamente del mismo escenario macroeconómico.
Diversificar, en este sentido, no consiste únicamente en tener muchas posiciones. Consiste en evitar que todas necesiten que ocurra lo mismo para funcionar.
Y quizá esta sea una de las reflexiones más importantes para el inversor después de varios años de fuertes movimientos de mercado: revisar una cartera no debería consistir únicamente en preguntarse qué podría hacerla caer, sino también qué supuestos estamos dando por seguros simplemente porque llevan mucho tiempo cumpliéndose.
En Silver Alpha creemos que gestionar el riesgo no consiste en anticipar el próximo movimiento del mercado, sino en construir carteras con la solidez suficiente para responder ante escenarios diferentes. Porque el verdadero riesgo no siempre está en una caída inesperada, sino en haber construido una cartera que solo funciona si el futuro se parece demasiado al pasado.


