Cómo invertir en infraestructuras con plazos más cortos: deuda, secundarios y coinversiones

29, Oct 2026

Infraestructura inversión COBALTO

Cobalto Inversiones – La inversión en infraestructuras no tiene por qué implicar siempre los mismos riesgos ni plazos. Analizamos cómo la deuda, los secundarios y las coinversiones ofrecen distintas vías de acceso a estos activos y qué conviene valorar para recuperar el capital.

Las infraestructuras se han consolidado como uno de los segmentos más atractivos de los mercados privados. La transición energética, la digitalización y las crecientes necesidades de modernización de servicios esenciales están generando importantes oportunidades de inversión en sectores como la energía, el transporte, las telecomunicaciones o las infraestructuras sociales.

Sin embargo, su atractivo convive con uno de sus principales inconvenientes: los largos horizontes de inversión. Los fondos tradicionales de infraestructuras suelen tener una vida superior a diez años, un plazo que no siempre encaja con las necesidades de los inversores, especialmente cuando buscan una mayor visibilidad sobre la recuperación de su capital.

En este contexto, están adquiriendo relevancia otras formas de acceder a esta clase de activo, como la deuda de infraestructuras, las coinversiones y las operaciones secundarias. Aunque todas ellas permiten participar en el desarrollo y financiación de infraestructuras, presentan diferencias importantes en términos de rentabilidad, riesgo y calendario de recuperación de la inversión.

Invertir en una infraestructura no significa necesariamente ser su propietario

Tradicionalmente, cuando pensamos en un fondo de infraestructuras, imaginamos una gestora que adquiere una autopista, un parque solar o una red de telecomunicaciones, participa en su gestión y, transcurridos unos años, vende su participación para obtener una rentabilidad.

Es lo que conocemos como inversión en capital o equity. El inversor participa en la propiedad del activo y su rentabilidad procede fundamentalmente de los dividendos que pueda generar, y de la plusvalía obtenida cuando se vende.

Pero existe otra forma de invertir en ese mismo proyecto: financiarlo mediante deuda.

Imaginemos la adquisición de una planta de tratamiento de agua valorado en 100 millones de euros. Para financiar la operación, un fondo de infraestructuras aporta 30 millones de capital y solicita los 70 millones restantes a entidades financieras o fondos especializados en deuda.

Ambos inversores participan económicamente en el mismo proyecto, pero desde posiciones muy diferentes. El fondo de capital es propietario de una parte de la compañía y participa en su potencial revalorización. El fondo de deuda actúa como prestamista y obtiene su rentabilidad mediante los intereses pactados y, en su caso, otras comisiones.

La diferencia más importante aparece cuando el proyecto atraviesa dificultades. Los acreedores tienen generalmente prioridad de cobro frente a los accionistas y pueden contar con garantías y mecanismos contractuales de protección. A cambio, su potencial de rentabilidad suele estar limitado por las condiciones del préstamo, mientras que el accionista puede beneficiarse en mayor medida de una revalorización significativa del activo.

Esta distinción ayuda a entender por qué la deuda de infraestructuras puede ofrecer un perfil de riesgo y rentabilidad diferente al de los fondos tradicionales de capital.

Deuda de infraestructuras: ingresos más previsibles, aunque no exentos de riesgo

La deuda privada de infraestructuras está ganando protagonismo en un mercado que necesita movilizar importantes volúmenes de financiación. La modernización de las redes eléctricas, el desarrollo de energías renovables, el almacenamiento energético y la expansión de las infraestructuras digitales requieren inversiones que difícilmente podrán financiarse exclusivamente con recursos públicos, préstamos bancarios tradicionales o capital/equity.

Además, muchas infraestructuras presentan características que pueden favorecer la estabilidad de sus ingresos. Pensemos, por ejemplo, en una red eléctrica regulada, una instalación de tratamiento de agua o una infraestructura que cuenta con contratos de utilización a largo plazo. La previsibilidad de sus flujos de caja facilita la estructuración de préstamos y el análisis de su capacidad de devolución.

Los datos históricos respaldan parcialmente este perfil más defensivo. Según el estudio Infrastructure Default and Recovery Rates 1983–2023 de Moody’s, la tasa acumulada de impago a diez años de la deuda de infraestructuras con calificación BB se sitúa en el 9,4%, frente al 16% de la deuda corporativa comparable. Esto supone una tasa de impago aproximadamente un 41% inferior.

No obstante, sería un error considerar que toda la deuda de infraestructuras presenta el mismo nivel de riesgo. Un préstamo sénior destinado a financiar una autopista operativa con ingresos consolidados no es comparable con una financiación subordinada para desarrollar una nueva infraestructura digital.

También es importante distinguir entre cobrar intereses y recuperar el capital invertido. Algunos préstamos devuelven progresivamente el principal, mientras que otros pagan intereses periódicos y reembolsan la totalidad del préstamo al vencimiento.

Esta distinción adquiere especial relevancia en el contexto actual del crédito privado. Tras más de una década de crecimiento, el mercado de private credit atraviesa una etapa de mayor selectividad. El elevado apalancamiento de determinadas compañías, los mayores costes financieros y la transformación de algunos modelos de negocio, especialmente en el sector tecnológico, están incrementando las diferencias entre prestatarios y gestores.

En este entorno, la calidad de los activos, la solidez de las garantías, el nivel de endeudamiento y la capacidad de generar caja adquieren una importancia decisiva.

En definitiva, la principal fortaleza de la deuda de infraestructuras reside en la posibilidad de combinar ingresos relativamente previsibles, prioridad de cobro y mecanismos de protección del capital. Sin embargo, estas ventajas no son automáticas: dependen de la calidad de los proyectos financiados y de cómo se estructuren los préstamos. Por ello, más que buscar la mayor rentabilidad, resulta fundamental seleccionar estrategias que ofrezcan un equilibrio adecuado entre rentabilidad, riesgo y recuperación del capital.

Secundarios: la ventaja de entrar cuando el fondo ya ha recorrido parte del camino

Otra de las alternativas que está despertando interés es la inversión en el mercado secundario de infraestructuras.

Para entender su funcionamiento, imaginemos un fondo que se constituyó hace seis años para invertir en parques eólicos, redes de fibra y otras infraestructuras. Durante sus primeros ejercicios ha adquirido y desarrollado los activos, pero todavía necesita varios años para completar las desinversiones.

Uno de sus inversores decide vender su participación antes de que el fondo termine su vida. Un fondo especializado en secundarios puede adquirirla y convertirse en el nuevo inversor.

La principal diferencia frente a una inversión tradicional es que el comprador accede a una cartera ya construida, con activos identificados y, en muchos casos, operativos y generadores de ingresos.

Esto permite evitar parte de los primeros años de inversión, durante los cuales los fondos suelen realizar desembolsos y asumir gastos antes de comenzar a distribuir capital. Es lo que se conoce como curva J.

Por ello, los secundarios pueden ofrecer una mayor visibilidad sobre los activos y la posibilidad de comenzar a recibir distribuciones antes que en un fondo primario comparable.

También pueden generar oportunidades de rentabilidad mediante la adquisición de participaciones a precios inferiores a su valor liquidativo. Sin embargo, el descuento por sí solo no garantiza una buena inversión: debe analizarse la valoración real de los activos, sus perspectivas y el tiempo necesario para venderlos.

En cualquier caso, hay que recalcar que entrar en una fase más avanzada de la vida del fondo no significa disponer de liquidez inmediata. Las distribuciones seguirán dependiendo de la evolución de los activos y de las oportunidades de desinversión. Por ello, resulta fundamental analizar cada operación de forma individualizada, prestando especial atención a la composición y madurez de la cartera, la calidad de los activos y las perspectivas reales de recuperación del capital.

Coinversiones: participar directamente en proyectos seleccionados

Las coinversiones ofrecen una tercera vía para invertir en infraestructuras con un mayor conocimiento de los activos desde el momento inicial.

En lugar de comprometer capital en un fondo que irá seleccionando inversiones durante varios años, el inversor participa junto a una gestora especializada en una operación concreta.

Por ejemplo, puede coinvertir en la adquisición de una compañía que gestiona una red de telecomunicaciones ya operativa o en una plataforma de energías renovables con un plan de expansión definido.

La principal ventaja es que conoce desde el inicio el activo, su valoración, el plan de negocio y el horizonte de salida previsto. Además, en determinados casos, las coinversiones pueden ofrecer estructuras de costes más eficientes.

Sin embargo, también presentan inconvenientes. Al invertir en un número reducido de activos, la diversificación suele ser menor que en un fondo tradicional, y el resultado depende en mayor medida de la evolución de cada proyecto.

Tampoco debe confundirse una mayor visibilidad sobre la estrategia de salida con una garantía de recuperación anticipada del capital. Los plazos pueden alargarse si cambian las condiciones del mercado o si el proyecto necesita más tiempo para desarrollar su potencial.

En conclusión: las infraestructuras, un must have en las carteras de private equity, pero la clave está en cómo invertir y cuándo recuperar el capital

La deuda, los secundarios y las coinversiones permiten abordar de manera diferente uno de los principales retos de la inversión en infraestructuras: la duración de los compromisos y la incertidumbre sobre las distribuciones.

La deuda puede proporcionar ingresos contractuales y, en determinadas estructuras, amortizaciones periódicas del principal. Los secundarios permiten acceder a carteras más maduras, potencialmente más próximas a generar distribuciones. Las coinversiones facilitan la selección de activos concretos y una mayor visibilidad sobre su estrategia de inversión y desinversión.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que ninguna de estas alternativas elimina los riesgos ni garantiza liquidez. De hecho, una estructura que ofrezca mayores rentabilidades puede incorporar también más apalancamiento, menor protección crediticia o mayor dependencia de la ejecución del plan de negocio.

Para el inversor resulta esencial realizar un análisis riguroso de la estructura del vehículo y de las características de la inversión, distinguiendo entre tres conceptos que con frecuencia se confunden: la duración legal del fondo, el plazo durante el que se mantiene cada inversión y el momento en que comienza a recuperarse efectivamente el capital.

En un entorno de mayor exigencia para los mercados privados, la selección de gestores, la calidad de los activos y la disciplina de inversión adquieren especial relevancia.

La cuestión no es únicamente cuánto puede rentar una inversión en infraestructuras, sino cuándo y cómo se recuperará el capital, qué riesgos se asumen durante ese periodo y qué visibilidad existe sobre las futuras distribuciones.

Comprender estas diferencias permite incorporar las infraestructuras a una cartera de manera más flexible y alineada con las necesidades de cada inversor.

Victoria Diez Pérez

Victoria Diez Pérez

Partner Cobalto Inversiones

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